Los niños fueron hasta espías y combatieron con el Ejército soviético en la batalla de Stalingrado

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En la primavera de 1943, Stalingrado (actual Volgogrado, a orillas del Volga) estuvo llena de cadáveres que producían un hedor nauseabundo.

En la primavera de 1943, Stalingrado (actual Volgogrado, a orillas del Volga) estuvo llena de cadáveres que producían un hedor nauseabundo. Según los datos oficiales, unos 150 mil cuerpos humanos y 16 mil cadáveres de animales se pudrieron en las calles. Las condiciones higiénicas y sanitarias en la ciudad dejaban mucho que desear, pero los que lograron sobrevivir a la batalla de Stalingrado, que duró 200 días, hacían la vista gorda ante las malas condiciones de vida. Estaban vivos y eso era lo más importante.

El primer edificio reconstruido fue la Casa de Pávlov

Los habitantes de Stalingrado acostumbrados a vivir en sótanos, cuevas o tranvías empezaron a reconstruir los edificios por sus propias manos. El sangriento enfrentamiento entre las tropas nazis y el Ejércirto soviético duró unos seis meses. El 91% de los edificios de la ciudad quedó destruido.

Una vez terminada la guerra, se formó una brigada de voluntarias encabezada por Alexandra Cherkásova que se encargó de la reconstrucción de la ciudad. Cherkásova trabajó en una fábrica de carne antes de la guerra. Durante la defensa de Stalingrado, esta mujer ayudó a retirar a los heridos del campo de batalla y después de la guerra encabezó un equipo de barrenderos para limpiar la ciudad.

El primer edificio reparado por el grupo de Cherkásova fue la Casa de Pávlov. La reconstrucción duró 58 días, igual que su defensa durante la batalla, símbolo de la resistencia heroica del pueblo soviético, que en los días de la batalla de Stalingrado se convirtió en fortaleza.

Una niña nació en el sótano de la Casa de Pávlov durante la batalla de Stalingrado

El 17 de julio de 1942, la aviación alemana lanzó los primeros ataques contra Stalingrado. Aquel día, una mujer embarazada se escondió en el sótano del edificio número 61 en la calle Pénzenskaia. Esta calle todavía no había recibido el nombre del sargento ruso Pávlov.

En este sótano vivían los padres de la mujer que dio a luz una niña cuatro días después del inicio del ataque. La madre llamó Zinaída a su hija recién nacida.

Dos meses después, cuando Stalingrado ya era escenario de combates encarnizados, un grupo de soldados soviéticos bajo el mando del suboficial Yákov Pávlov ocupó este edificio y lo convirtió en una fortaleza.

Este edificio de cuatro plantas se encontraba en una plaza en el centro de Stalingrado, camino hacia la orilla del río Volga. La misión principal del ejército consistía en impedir que el enemigo se abriese paso hacia el río. Cada vez que los alemanes intentaban atravesar la plaza, los soldados de Pavlov abrían fuego contra ellos desde el sótano, las ventanas o el tejado del edificio obligándoles a retirarse. Resistieron durante 58 días. Durante todo este tiempo, la niña Zinaída, su madre y sus abuelos continuaban viviendo en el sótano.

El padre de la niña, el soldado Piotr Selezniov, pereció en uno de los combates callejeros en Stalingrado. Zinaída también estuvo a punto de morir pero finalmente logró sobrevivir a los ataques.

“Estaba muy débil. Los soldados empezaron a cavar una tumba para mí y encontraron un medallón con la imagen de la Virgen. Se lo entregaron a mi madre que me lo colgó al cuello. Y logré sobrevivir”, contó luego Zinaída.

Los soldados le traían a la madre de Zinaída harina mezclada con arena desde el molino de Gerhard para alimentarla. Este molino se convirtió en una fortificación, como muchos otros edificios de Stalingrado. Después de la guerra se decidió conservarlo tal como fue en los días de la batalla. El molino forma parte del museo dedicado a la batalla de Stalingrado.

En 1993, Zinaída Andreeva encabezó la Asociación “Niños de Stalingrado” integrada por 12 mil personas. La componen los niños que estuvieron en la ciudad durante la Batalla, considerada como la más sangrienta en la historia de la humanidad. Muchos niños se quedaron huérfanos y vieron como su ciudad fue totalmente arrasada.

El fuego de las bombas derretía el asfalto

En agosto de 1942, a las 16:18 hora local, la Wehrmacht lanzó una ofensiva aérea contra Stalingrado.

Durante la primera semana de los bombardeos, los aviones de la Luftwaffe lanzaron sobre Stalingrado 12.500 bombas de 1.000 kg de peso. La explosión de este tipo de artefacto deja un agujero en el que podría caber un edificio de dos pisos.

La ciudad estaba en llamas. Los alemanes destruyeron la zona petrolera. El petróleo se virtió en el río Volga y ardía sin compasión. Las llamas de más de 200 metros de altura provocaron un espectacular incendio que derretía el asfalto de la ciudad.

“En la primera semana de los bombardeos murieron unos 43.000 habitantes de la ciudad”, dijo una colaboradora del museo dedicado a la batalla, Tatiana Prikázchikova.

La gente se empujaba sin cesar para subir al buque que iba a la orilla opuesta del Volga

“El fuego estaba destrozando la ciudad. El ruido de las explosiones era tan fuerte que tuvimos que taparnos bien fuerte los oídos para evitar que el tímpano se nos reventase”, recuerda una habitante de Volgogrado, Vera Tiugaeva.

Cuando el Ejército nazi empezó a bombardear la ciudad, Vera tenía 5 años. Su casa fue destruida  y su familia fue alojada en una de las escuelas de Stalingrado junto con otras personas que se quedaron sin hogar. El padre de Vera Tiugaeva trabajaba en una fábrica de tractores en la que se fabricaban  y  se reparaban carros blindados durante los días de la defensa. Se decidió evacuar esta fábrica junto con los trabajadores y sus familias a la ciudad siberiana de Barnaúl.

“Llegó un coche y nos fuimos a la orilla del Volga para trasladarnos al lado opuesto”, recuerda Vera. “Cuando llegó el primer buque todos se apresuraron a subir abriéndose el paso a empujones. Nosotros no conseguimos subir. Un proyectil impactó contra este buque en pleno río y todos los pasajeros se ahogaron”, añade.

Vera Tiugaeva y su familia lograron subir al segundo buque. Cuando bajaron del barco, explotó otro proyectil. Vera y su hermana quedaron cubiertas por la arena que levantó la explosión. La madre estaba buscando a sus hijas y las encontró antes de que murieran.

La familia de Vera Tiugaeva tuvo mucha suerte. Todos fueron evacuados y quedaron con vida.

Los altos funcionarios y sus familias abandonaban la ciudad a ojos vistas de la población

Durante la batalla de Stalingrado, todo el poder recayó en el Comité municipal de defensa encabezado por Alexei Chuiánov, primer secretario del Comité del Partido Comunista en Stalingrado.

“Fue él quien tuvo que tomar la decisión de evacuar a los civiles”, dice Tatiana Prikázchikova, colaboradora del museo. “Antes de que los nazis lanzaran la ofensiva contra Stalingrado, todos pudieron trasladarse sanos y salvos a la orilla izquierda del Volga”, añadió.

Según Prikázchikova, en otoño de 1942, el problema más grave que se planteó ante las autoridades locales eran las perspectivas que tenían los habitantes de Stalingrado de abandonar la ciudad.

Las autoridades locales no recibieron órdenes de evacuar a la población y no querían asumir la responsabilidad de tomar esta decisión y arriesgarse a tener problemas de mayor índole.

“Nikita Jruschov, nuevo líder soviético tras la muerte de Stalin y miembro del Consejo militar del Frente de Stalingrado, escribió en sus memorias que le había llamado Stalin tras los primeros bombardeos para preguntar si la población abandonaba la ciudad. Y Jruschev dijo que los habitantes tenían que quedarse”, comentó Prikázchikova. Los comandantes y sus familias sí que se trasladaron a la orilla izquierda del Volga.

Fue en octubre de 1942, cuando el comandante del Frente, Andrei Eriomenko, firmó la orden de evacuar a la población civil a una distancia de 25 kilómetros como mínimo del campo de batalla.

Pero en plena guerra esto era muy peligroso. Los soldados solían decir que preferirían lanzarse 10 veces al ataque que trasladarse a la orilla opuesta del Volga. Solo unas 20 mil personas fueron evacuadas en octubre. Entonces, ¿cómo sobrevivieron los que quedaron en Stalingrado?

Orlov y su guerrera de gabardina

Todos los habitantes de Stalingrado, tanto los adultos como los niños, pasaron hambre, frío y miedo. Cavaban trincheras, atendían a los heridos e  intentaban apagar el fuego que dejaban las explosiones.

Durante los días de la defensa de la ciudad, miles de niños y adolescentes participaron en combates, se lanzaron al ataque y reconocieron el terreno.

Nikolai Orlov cumplió 16 años en 1942, cuando fue condecorado con la Orden de la Guerra Patria y con la medalla “Por la Valentía”. Estas condecoraciones se las entregó el comandante del 62º Ejército, Vasili Chuikov, que también ordenó condecorarle con una guerrera de gabardina por su coraje. Terminada la guerra, Orlov continuó llevando esta guerrera durante muchos años.

Los niños de Stalingrado conocían bien la ciudad y realizaban muchas misiones, por ejemplo, reconocían el terreno e informaban sobre dónde estaban los alemanes y su material bélico.

Orlov atravesó la línea de frente 71 veces para entregar la información. Este pequeño y valiente muchacho tiene casi 85 años y recuerda como si fuese ayer cuál fue su primera misión.

Los alemanes desplegaron una base aérea secreta cerca del poblado Marínovka, a una distancia de 80 kilómetros de Stalingrado. Los aviones que se despegaban de este aeródromo bombardeaban las posiciones del Ejército Rojo cerca del Volga.

Los nazis llevaban a Marínovka a los prisioneros para trasladarles después a los campos de concentración en Alemania. Nikolai llegó al poblado junto con un grupo de presos y después se escapó sin que nadie lo notara para aproximarse a la base aérea.

Cerca del aeródromo Orlov vio a una anciana que pastaba cabras y se quedó dormida. Nikolai aprovechó la ocasión y se llevó a los animales.

“Pensé que si me descubrían podría decir que era pastor”, recuerda el coronel jubilado. “Cuando llegué hasta el aeródromo y conté todos los aviones, los alemanes me localizaron. Tenían un intérprete ucraniano”, contó Orlov. Nikolai les dijo a los alemanes que las cabras se le escaparon y se dirigieron a la base aérea cuando él se quedó dormido y al despertar tuvo que seguirlas.

“Parecía que un oficial nazi me creyó, a diferencia del intérprete que trataba de convencer al oficial que no me dejara irse. No sé cómo sería mi destino si la dueña de las cabras no se hubiera despertado”, dijo Orlov.

La anciana corrió al chico gritando: “¡Imbécil! ¿Cuántas veces te he dicho que no te alejes de mí?” Para una mayor convicción tomó un látigo y le pegó a Nikolai en la espalda. Y los alemanes dejaron marchar al joven.

Aquel mismo día por la tarde, las tropas soviéticas lanzaron una ofensiva contra la base aérea alemana. Nikolai Orlov no ha visto nunca más a la anciana que le salvó la vida.

Cuando el Ejército Rojo derrotó a los nazis en la Batalla de Stalingrado, Orlov tenía 16 años y Tatiana tan sólo tres.

“¡Niños, pan, pan!”

Tatiana recuerda muy bien el período de posguerra. Aquellos días quedaron grabados para siempre en su memoria porque fueron marcados por el hambre.

La madre de Tatiana tenía un corte de una tela que antes de la guerra le había regalado su marido que pereció en 1942. Esperando que la noticia de la muerte de su marido fuese un error, la mujer conservó este trocito de tela para coserse un nuevo vestido para cuando volviera el padre de Tatiana a casa pero esto nunca ocurrió. Cuando fue el cumpleaños de la niña, su madre decidió vender la tela y compró un kilo de melindres.

“Empujé la bolsa con los melindres y dije que preferiría pan”, cuenta Tatiana.

Los alemanes presos que reconstruyeron la ciudad junto con los habitantes de Stalingrado también soñaron con comer pan en los años de la posguerra.

Hoy en día, Tatiana Chetveriakova vive en el edificio 6 en la calle Sovetskaia que también fue construido por los alemanes. Después de la guerra, jugaba junto con sus amigos cerca de esta casa. El edificio fue cercado por una valla que tenía muchos agujeros. Los alemanes presos que trabajaban detrás de la valla les pedían “¡niños, pan, pan!” y los niños les entregaban trozos de pan a través de estos agujeros.

Terminada la batalla, en el centro de la ciudad quedaron sólo siete personas

“En 1985, cuando se inauguró la exposición “La Batalla de Stalingrado” era tema tabú hablar de la población civil durante la defensa de la ciudad”, dijo Tatiana Prikázchikova.

“Recuerdo que en 1990, un joven colaborador del museo fue despedido después de contar a los visitantes que las autoridades de Stalingrado les impedían a los habitantes evacuarse”, añadió.

Sólo en 1993, cuando se fundó la Asociación “Niños de Stalingrado”, el tema de los civiles estuvo presente en mítines y otros eventos dedicados a los días de la defensa de la ciudad. Los que fueron niños durante la batalla de Stalingrado entregaron al museo varios objetos de uso personal que tuvieron durante la guerra.

“Hoy ya se puede hablar abiertamente de las cifras de bajas. En 1941, en Stalingrado había 525 mil habitantes. Y el 4 de febrero de 1943, o sea, dos años después, quedaron sólo 23 mil personas en la ciudad. ¿Podéis imaginar que en aquel momento en la parte céntrica de Stalingrado vivían sólo 7 personas?”, dice Tatiana Prikázchikova.

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