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Historias asombrosas o aterradoras de Tinder: lo que esta red social refleja de nuestra sociedad

© AFP 2022 / Lionel Bonaventure Logo de Tinder
Logo de Tinder - Sputnik Mundo, 1920, 06.02.2022
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La escritora y guionista Jimina Sabadú expone en un ensayo recién publicado cómo las aplicaciones para encontrar pareja responden al sistema actual de consumo rápido.
Una vez, Jimina Sabadú aguantaba la perorata de un match sobre cómo estafaba a sus clientes y pensaba: "Lo quiero matar". En otra ocasión, un conocido con el que se intercambiaba mensajes a menudo y pensaba quedar le preguntó cuánto cobraba: sabiendo la cantidad, dejó de dar señales de vida. Y hasta le tocó aguantar la incontinencia de un posible ligue cuya parafilia era la lluvia dorada, tal y como le mostró en una explícita imagen.
Estas y más historias, que intercala en conversación con Sputnik según va recordándolas, fueron la semilla de su crónica sobre las aplicaciones para encontrar pareja. El ensayo, mezcla de reflexiones, testimonios propios y tratado sociológico, se titula La conquista de Tinder y lo acaba de publicar la editorial Turner. En una revista del mismo grupo ya inició a darle forma a través de una metáfora: la de la diferencia de comportamiento entre un cuarto de baño público y uno privado.
Difícilmente encontrarás en el segundo tanta suciedad, aduce, porque da la sensación de que lo ajeno no nos preocupa. O peor: lo maltratamos. Y eso es más o menos lo que sucede con apps como Tinder. Sin implicación directa, desechamos lo que vemos como un objeto de usar y tirar. Y se dan escenas como las narradas previamente u otras semejantes: "Es la sensación de impunidad", resume Sabadú. Aunque no siempre es así: las historias de este tipo de plataformas cuya finalidad es el ligoteo no responden más que al orden natural de las cosas.
Y en esa evolución de lo analógico a lo digital o de lo pausado a lo fugaz se enmarca lo escrito por Jimina Sabadú, nacida en Madrid en 1981. "No deja de ser el paso de los chats de hace años o de los anuncios enviados a periódicos a los tiempos actuales. Y no hay que olvidar que detrás de todo esto hay mucha gente que estudia e invierte mucho dinero en sacar algo con éxito", aclara en relación a las redes sociales como la que da nombre a su libro. De hecho, la conquista de la que habla tiene que ver con esa ubicuidad, con el logro de incluir a todo el mundo.
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"Lo que han conseguido es que no parezca algo falso, inalcanzable, sino para gente normal", elucubra Sabadú. Según expone, ya hay unos 57 millones de usuarios en el mundo de Tinder y la empresa propietaria lo es también de Meetic y Badoo, plataformas parecidas pero con ciertos matices. La primera, por ejemplo, es de pago, y tiene un toque más exclusivo, serio. La segunda, por decirlo sin estridencias, se caracteriza por lo directo, dando pie a lo casquivano. En cualquier caso, la finalidad es la misma: encontrar a alguien para compartir un rato.
Jimina Sabadú establece tres "motivaciones" a la hora de internarse en ese submundo: sexo, amor y curiosidad. Estos objetivos del ser humano, nada novedosos, simplemente han encontrado nuevas vías. Unos canales en los que ya no hace falta el contacto, el cuerpo a cuerpo, sino el simple toqueteo de una pantalla. En esa superficie plana se ofrece un catálogo de personas como la de otros portales de películas o series. Tinder, en un símil con matices, es el Netflix de las relaciones personales.
Fácil y rápido, visual, con refuerzo intermitente y, "como todas las máquinas tragaperras, cuanto más pierdes, más dinero echas porque necesitas ganar", enumera Sabadú. Aunque le distancia de otros productos de consumo el que necesitas una reciprocidad: "En Netflix las películas no deciden si la ves o no. Aquí también se juega con el rechazo", advierte, teniendo en cuenta el rostro más negativo de estas aplicaciones, de las que a veces se sale como si la huida fuera una bendición o "una recompensa", en palabras de la autora.
Porque el mecanismo suele ser el mismo: el usuario en cuestión se abre un perfil con la intención de coincidir con alguien, charlar y, eventualmente, quedar para el famoso "café y lo que surja". Sin embargo, nadie explica que esto no es un juego inocuo. Se ponen sobre la mesa los afectos, con un "mercantilismo" que puede derivar en disgustos o traumas mayores. "Te crees que con tantas personas va a estar guay, pero luego no", sopesa Sabadú, que se refiere a la "herida narcisista" como una de las consecuencias: cuando nadie te elige.
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"Golpes pequeños, pero dolorosos y continuados, que terminan haciendo sangre", describe, incluyendo otra comparación: "Tinder es como el Monopoly, que entras con ganas, tiras los dados y ríes hasta que te das cuenta de que estás de verdad en la cárcel o de que has caído en una propiedad de alguien". La autora reúne en este texto lo que ha ido aprendiendo por su experiencia, lo que le han contado y despliega un análisis sobre algo más allá de las citas en sí, como los roles por género, el auge de gurús de la seducción o la (poca) privacidad de estos lugares.
Sobre las diferencias por género, Sabadú tira de esos tópicos que se perpetúan en el reparto de roles: "Hay mujeres para divertirse y mujeres para casarse", sintetiza uno, o la famosa frase de "la mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo", por no caer en otras más soeces. Y en cuanto a los datos, sostiene la periodista que estos lugares contienen más información de uno mismo que el protagonista: registran conversaciones, aúnan datos sobre aficiones, utilizan fotos de otras redes o propician afinidades por los cacareados algoritmos.
El punto donde se hace hincapié es ese que orbita sobre el tipo de gente que hay y los momentos que se viven. El logro de Tinder es que hay mucho que "ni entusiasma ni espanta", o lo que llama la "clase media", que no son "ni guapos ni feos" pero con cierto peligro: "Son tíos que conocen técnicas de engaño. Son simpáticos, cariñosos... Y tú piensas que no serán tan miserables de mentirte. Pero te das cuenta de que no, de que te dejan de hablar. Hay que tener cuidado con los deshonestos", aconseja.
Sabadú también recurre a menudo a las denominadas "luces rojas". Esos avisos que encienden las alarmas para que no te toque un timador, un clasista o un fetichista como los que relata sobre su propia cosecha.
"Empieza por la foto, que da muchas pistas", puntualiza, para continuar por otros detalles: "Hablar de su ex, ostentar, ir de aliado, generalizar…". Jimina Sabadú no tiene la lista entera de ingredientes que pueden gestar una bomba de relojería.
"Ahora estoy con un chico y le digo que no me deje por no volver a Tinder", confiesa entre risas, aclarando que también tiene buenas anécdotas. No serán las de aquel que cargaba con un atroz crimen a sus espaldas, al que se encontró poco después con un match repitiendo palabra por palabra su discurso o quien desapareció como un fantasma hasta que regresó con una propuesta de hacer un trío.
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