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Los desafíos de Lula: hambre, crecimiento, empleo e integración regional

© Foto : Twitter / @LulaOficialTras imponerse en la segunda vuelta electoral, Luiz Inácio Lula da Silva es el presidente electo de Brasil.
Tras imponerse en la segunda vuelta electoral, Luiz Inácio Lula da Silva es el presidente electo de Brasil. - Sputnik Mundo, 1920, 03.11.2022
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La agenda de gestión inmediata de Luiz Inácio Lula da Silva, cuando comience el Gobierno el próximo 1° de enero, tendrá como prioridad las cuestiones sociales y económicas, pesadas herencias de un ciclo neoliberal que hizo retroceder a Brasil como potencia económica. Lo mismo fue hace 20 años cuando asumió su primera presidencia.
A diferencia de ese momento, ahora Lula se enfrentará a un frente político e ideológico opositor muy fuerte que promete resistir sus iniciativas, ya que su triunfo para una tercera presidencia estuvo lejos de ser contundente, lo que exhibe las condiciones sociopolíticas de un país dividido.
Pese a perder y no lograr la reelección, Jair Bolsonaro se ha erigido en un potente líder de la derecha brasileña, que tendrá un importante bloque de legisladores en el Congreso y el Gobierno de estados clave, entre ellos San Pablo y Río de Janeiro.

33 millones de brasileños padecen hambre

Otras economías latinoamericanas se han recuperado con fuerza de la caída provocada por el COVID-19, mientras que la brasileña lo ha realizado lentamente pese al aumento de los precios de las materias primas de exportación.
Este comportamiento explica en parte la posibilidad de la resurrección de Lula como opción electoral debido a la debilidad económica y la crisis social. Esto último se refleja en el aumento de la pobreza y el hambre de millones de brasileños.
Lula lo expresó de manera dramática: "En Brasil, 33 millones de personas no tienen suficiente para comer", escribió en la red social Twitter. Para agregar: "Logramos en el pasado sacar a Brasil del mapa mundial del hambre. Pero el hambre ha vuelto".
Esa cantidad es equivalente a 15,3% de la población que no tiene recursos suficientes para comprar comida y vive de restos encontrados en bolsas de basura o de ayudas estatales o de ONG, según datos de la Encuesta Nacional de Soberanía e Inseguridad Alimentaria.
El informe destaca el alcance de ese fenómeno en un país que es el primer exportador mundial de carne bovina y de aves, y uno de los más importantes productores agrarios. La inseguridad alimentaria afecta a una proporción mucho más amplia de la población, al sumar 125 millones de brasileños que temen no contar con recursos para comprar alimentos.

Retroceso de la potencia regional

Para esta misión urgente como para otros grandes desafíos socioeconómicos, el nuevo Gobierno se enfrentará a varias dificultades.
La primera es que el contexto económico internacional es negativo y el dinamismo de la economía local es bastante débil.
La economía mundial, a diferencia de la primera década del siglo, no actúa como un factor dinamizador. Lo que entonces era un crecimiento global fuerte, auge de los mercados emergentes, alza de las materias primas y comercio internacional en alza, hoy el marco es desfavorable con inflación elevada, suba de tasas de interés y recesión.
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El historial económico a largo plazo de Brasil, especialmente desde la crisis de 2008 es de desaceleración del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) y la productividad, aumento de la deuda pública y privada y, sobre todo, de extrema desigualdad en la riqueza y los ingresos.
La montaña rusa económica de la última década se refleja en la clasificación de Brasil entre las economías más grandes del mundo, pero en retroceso. Entre 2010 y 2014, Brasil ocupó el séptimo lugar. En 2020 cayó al puesto 12°. Y en 2021 retrocedió al 13°, según Austin Rating.

¿Qué puede hacer Lula?

Si se tiene en cuenta el historial de Lula, entonces las perspectivas son variadas. Un interesante análisis del desempeño económico de las administraciones anteriores del Partido de los Trabajadores (PT), realizado por el economista brasileño Adalmir Marquetti, ofrece una pista sobre qué puede hacer el nuevo presidente.
Explica que el PT en el poder "combinó elementos del desarrollismo y el neoliberalismo en una construcción contradictoria, organizando una gran coalición política de trabajadores y capitalistas que permitió ampliar el salario real y reducir la pobreza y la desigualdad manteniendo las ganancias de los capitales productivos y financieros".
Menciona que "la caída de la rentabilidad después de la crisis de 2008 rompió la coalición de clases construida durante la administración de Lula".
Indica que el posterior Gobierno de Dilma Rousseff (2011-2016) adoptó una serie de estímulos fiscales para la acumulación de capital privado con magro crecimiento económico, y después de su reelección en 2014, implementó un programa de austeridad que resultó en tasas de crecimiento negativas.
"Con la profundización de la crisis económica y sin apoyo político, Rousseff fue destituida del poder" en 2016, concluye.
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Recuperar el empleo

Rousseff aplicó un programa económico de ajuste fiscal, en un contexto internacional negativo, que derivó en aumento del desempleo. En el segundo Gobierno, en 15 meses, la tasa de desocupación subió de 5,5% a 11,6%.
Este escenario sociolaboral, luego de su destitución, generó las condiciones para que el Gobierno de Michel Temer —su vicepresidente— (2016-2018) que la reemplazó, avanzara en una reforma laboral que eliminó derechos históricos de los trabajadores.
En Desigualdades laborales en Brasil profundizadas por el COVID-19 la socióloga Nadya Araujo Guimaraes indica que estos cambios implicaron la flexibilización de las relaciones de trabajo, un golpe a los sindicatos, la fijación de costos para los trabajadores por sus demandas judiciales y la desorganización de mecanismos de protección al trabajo, en especial el de seguro de desempleo.
Bolsonaro continuó con esta política regresiva en términos laborales, y en estos años la mayoría de los empleos creados han sido precarios y de salarios bajos. De este modo, se amplió la brecha entre los sectores de más altos ingresos y los de menores recursos.
Hoy la tasa de desempleo es de cerca del 10% pero la informalidad laboral es muy elevada. De los 108 millones de personas integrantes de la Población Económicamente Activa, solo 34,5 millones están con trabajos registrados. O sea, apenas el 32% de los trabajadores están formalizados.

Volver a la industrialización

En 2021, el PIB brasileño cayó un 4,1%. Este resultado fue un poco inferior a las caídas del PIB del 4,35% y del 4,25% observadas en 1990 y 1981, respectivamente, cuando se anotaron los mayores retrocesos de las últimas décadas.
Este resultado fue consecuencia del impacto de las medidas de restricción de la circulación y de distanciamiento físico por motivo del COVID-19, especialmente en el primer semestre de 2020. La recuperación ha sido muy débil.
La caída agudizó la reducción del peso relativo de las actividades industriales en el PIB, lo que se conoce como proceso de "desindustrialización".
El caso brasileño ha sido objeto de intensa discusión en los últimos años, en especial porque hay varios sectores de la actividad industrial que vienen sintiendo los efectos de la competencia de importaciones baratas y la pérdida de participación en los mercados exteriores que, en las décadas recientes, demandaban sus productos. Tal situación ha generado pérdida de empleos en diversos segmentos de la actividad industrial en diferentes regiones.
El debate sobre la desindustrialización en Brasil, por lo tanto, es considerado actual y urgente para el nuevo Gobierno de Lula, dado que el sector industrial brasileño es todavía bastante complejo y estructurado, además de poseer un papel central en la dinámica del mercado de trabajo.
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Integración latinoamericana

Existe consenso en el mundo empresarial y del trabajo en Brasil que Bolsonaro dejará un país alejado del resto de América Latina. Tomó decisiones que se espera que Lula revierta, como la salida de Brasil de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) –actualmente presidida por la Argentina— y de la Unasur, en cuya fundación Lula tuvo un rol protagónico.
Lula, en cambio, ya expuso su mirada regional: "Estamos cansados de ser una región pobre. Brasil debe tener la generosidad para juntar a todos. Necesitamos que América Latina sea un bloque fuerte".
De este modo, dio señales de apostar a la integración y cooperación latinoamericana, como la idea de una moneda única para la región para "independizarse" del dólar y el apoyo del ingreso de la Argentina al BRICS.
En ese sentido, el Mercosur volverá a ser una prioridad dentro de la política regional de Lula y, seguramente, le dará un nuevo impulso cuando Brasil lo presida en el segundo semestre de 2023.
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK
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