Los turcos rechazan que el Gobierno se meta en sus casas

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“Ahora Turquía dejará de ser lo que era y se convertirá o bien en Irán o, al revés, en un país europeo”, opinan los manifestantes turcos.

“Ahora Turquía dejará de ser lo que era y se convertirá o bien en Irán o, al revés, en un país europeo”, opinan los manifestantes turcos.

Turquía siempre ha sido un fenómeno único: no sólo consiguió su creador, Mustafa Kemal Atatürk, encontrar el frágil equilibrio entre el Islam y los principios laicos, sino que logró construir sobre los restos del Imperio otomano una sociedad en la que a lo largo de 90 años se sintieron a gusto tanto los musulmanes como los partidarios de los valores occidentales. Mujeres con hiyab están cómodas en compañía de las que van vestidas con una minifalda y un venerable anciano que acude a la oración cinco veces al día juega al ajedrez con un compañero que está tomando una cerveza.

Esta es la razón del especial atractivo que tiene Turquía, disfrutamos del colorido del Oriente musulmán y al mismo tiempo nos sentimos seguros, independientemente de nuestra religión o manera de ser.

Sin embargo, el país no es libre de división psicológica en zonas más liberales e independientes, las del sur y noroeste; y las más tradicionales y devotas, las del sudeste. Los votantes del primer ministro Erdogan, cerca del 50% de la población, residen principalmente allí. El otro 50% de la población se lanzó a las calles.

Los turcos no toleran presiones

Aquel líder turco, que sepa seguir el ejemplo de Mustafa Kemal Atatürk y equilibrar los intereses de diferentes grupos sociales, tendrá éxito en lo que haga. Recep Tayyip Erdogan con mayor o menor destreza lo logró durante los últimos 10 años. Sin embargo, su inclinación por los valores islámicos rompió el equilibrio y los postulados laicos empezaron a sufrir presión por parte de la religión.

El amor del pueblo hacia Atatürk y su legado es inmenso y no perdona ningún atentado contra el principio del Estado laico establecido por la constitución. Como tampoco se perdona la falta de respeto hacia el “Padre turco”. “Imagínese que Erdogan se dirige a la nación, pero al fondo no hay retrato de Atatürk”, exclama una mujer turca. En su indignación es apoyada por millones de paisanos, profesores y estudiantes, gerentes y médicos, jóvenes y mayores, por toda la clase media, la capa más activa de la sociedad turca.

De catalizador de esta explosión sirvió el carácter nacional: los turcos saben lo que quieren y no aceptan ser presionados. Si se les intenta manipular, en señal de protesta hacen lo contrario: la prohibición de llevar hiyab en los centros de enseñanza fomenta el apoyo al Islam incluso entre quienes no entienden nada de la moda femenina, y la regulación de las ventas de bebidas alcohólicas incentiva su consumo entre los abstemios. Es la lógica reacción de protesta ante la presión reforzada por el carácter nacional.

La larga estancia de Erdogan en el poder, sus notables avances en el desarrollo económico del país, el sincero apoyo que le brindan sus allegados y los éxitos en la solución del problema kurdo posiblemente le han hecho sobrevalorar su papel en la vida de la sociedad turca. Todo parece indicar que está convencido de haber elegido la correcta línea política y unos principios vitales acertados.

En un principio, no hay nada malo en las limitaciones de las ventas de alcohol ni en el deseo de tener familias unidas con tres hijos, como mínimo, y ver a las jóvenes turcas comportarse con modestia. Ni en el intento de educar a la población para que respete la religión ni en la construcción del tercer puente sobre el Bósforo para una ciudad asfixiada en los atascos.

Lo que no se tiene en cuenta es si las parejas quieren tener tres hijos o no. Ni si las jóvenes disfrutan de su modestia y timidez y los hombres, bebiendo ayran en vez de cerveza. La gente que construye hoy las barricadas está segura de poder responder a estas preguntas libremente, sin que se le den indicaciones que además no se hacen con mucha delicadeza.

El primer ministro en una ocasión llamó infieles a los jóvenes de la ciudad de Esmirna por no seguir al pie de la letra las tradiciones musulmanas. Esta ofensa al ciudadano (y musulmán), aunque no demasiado ferviente, no tardó en provocar el descontento de los jóvenes por todo el país. La palabra “alborotadores” que ha usado Erdogan refiriéndose a la juventud que salía a las calles bajo los más variados pretextos minó todavía más el apoyo que se le brinda.

Los manifestantes de ahora se hacen llamar alborotadores pero con orgullo y hay quienes intentan patentar la palabra como una marca comercial.

El vaso se ha colmado

“Anunciamos los planes de reconstruir la plaza de Taksim hace algunos años y nadie protestó”, señaló con toda razón el primer ministro Erdogan. Será que hace algunos años su intromisión en la vida personal de los turcos no había llegado a su auge.

El político promueve con decisión los colegios religiosos como “centros de estudios correctos”. Hay quienes han visto la influencia del primer ministro en la reciente decisión de las líneas aéreas Turkish Airlines de dejar de servir bebidas alcohólicas a bordo y de prohibir a las azafatas que se pinten los labios de rojo. Las redes sociales respondieron con una avalancha de burlas.

En su empeño de lucha por un estilo de vida más sano, el Gobierno quiere prohibir que en las calles se fume la pipa de agua, pasatiempo preferido de los ancianos turcos. Los ancianos se muestran indignados. Velando por la salud de la nación, Erdogan tiene la intención de prohibir el consumo del pan blanco, el preferido de la gente. Se ha mostrado indignado todo el mundo, y hubo muchos otros incidentes de este tipo.

El parque Gezi se ha convertido en la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de la mitad liberal de la población del país, cansada de las indicaciones de carácter religioso y cotidiano por parte de Erdogan. Ni siquiera los propios defensores del parque esperaban que este motivo tan poco significativo hiciera de catalizador de unas protestas sin precedentes.

"Más vale morir"

Las protestas que se están celebrando en Turquía tienen dos particularidades. La primera consiste en que son completamente espontáneas, sinceras y multitudinarias, al igual que la celebración de la fiesta del Fin de Año en la Plaza Roja. La segunda consiste en que a diferencia de las demás “revoluciones” que abogan por las libertades o las reformas económicas, los manifestantes turcos exigen cosas muy cotidianas, en concreto, que los dirigentes del país les dejen vivir su vida, no les impongan la manera de vestir, ni la edad a la que empezar la escolarización del niño, ni qué bebida tomar, ni qué pan comer…

Sin embargo, la aparente falta de seriedad llama a engaño, porque precisamente los pormenores con los que nos topamos a cada paso afectan a todos e indignan a todo el mundo. El descontento abrasa de manera igual a amas de casa, jubilados y adolescentes. Unos defienden su derecho a pintarse los labios y otros, de tomar alcohol después de las 22.00.

“Tengo una hija de seis años y mi mujer me dice que es mejor morir que ver como la obligan a ponerse el velo”, explica uno de los gerentes de Turkish Airlines. En las protestas de estos momentos todos tienen una causa propia que defender. Una causa que les es más cercana que las abstractas promesas de una vida mejor.

La llama de la indignación popular sólo se extinguiría si desaparecieran los fenómenos irritantes. “No nos molestéis, no os metáis en nuestra vida”, gritan los manifestantes. Y, sin embargo, ninguno de ellos sería capaz de nombrar una candidatura para el puesto de primer ministro del país. Los expertos tampoco pueden hacerlo.

En la Turquía actual, la oposición es demasiado débil y en muchos aspectos Erdogan es una figura de agrado común. Un líder joven, fuerte y carismático, en absoluto distante, uno que se comporta con dignidad en la arena internacional y sabe hablar con el pueblo. En los años que lleva en el poder el país ha avanzado en muchos sectores, el de la energía, el turismo, la medicina, la construcción y etc.

El sentimiento que provoca no es de odio intenso, sino de cansancio y desilusión. Si Erdogan consigue dejar en paz a la gente y dedicarse a asuntos propios de su cargo, la “revolución de las cazuelas” se desinflará con la misma rapidez con la que estalló. Esta “decisión fácil” era esperada del primer ministro turco tanto por los manifestantes como por la bolsa. La decisión del político de repetir sus declaraciones de antaño sobre los extremistas, la propaganda y las calumnias y la ofensiva división de la población en “mayoría buena” y “minoría mala” hizo desplomarse a la bolsa y afirmó a los manifestantes en su decisión de ir hasta el final.

El país lleva tres días de tregua, sin olor a gas y sin enfrentamientos con la policía. La gente no se ha marchado de las calles, porque las protestas han adquirido carácter latente, convirtiéndose en una especie de festival. Nadie sabe qué pasará. Nunca ha tenido Turquía una experiencia como ésta.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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