Una temporada de irritación y revueltas

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El último tramo del presente curso de la política mundial, iniciado en otoño, culmina con dramáticos acontecimientos en Egipto.

El último tramo del presente curso de la política mundial, iniciado en otoño, culmina con dramáticos acontecimientos en Egipto.

Dos características principales de esta temporada fueron, por un lado, la imposibilidad de reconciliar los extremos, encontrar la media áurea; y por el otro, un revoltijo conceptual.

Una manifestación más convincente de éste último es la destitución del presidente elegido democráticamente, Mohamed Mursi, llevada a cabo bajo el lema “el general es el mejor amigo del liberal”. Los militares se unieron a los promotores de la revolución de 2011, a los cuales arrebataron el liderazgo los Hermanos Musulmanes.

Lo legítimo llegó a contradecir a lo razonable, lo promovido por la democracia no correspondía a lo anhelado, etc. Los países están desorientados, ya es imposible entender de qué lado están las fuerzas del progreso, que aspira a apoyar siempre EEUU.

El principal suceso, o mejor dicho, el incesante proceso de la temporada es la guerra civil en Siria cuyo fin ni se vislumbra. Aquí hay de todo y todo está mezclado. El enfrentamiento entre los ciudadanos y la autarquía. La colisión de confesiones. La competición geopolítica de potencias regionales. Los intentos de los países grandes de sacar provecho de este proceso, o de minimizar los daños, o de imitar su propio protagonismo en la política global... Este nudo de contradicciones acumula tanta energía negativa, que el conflicto está muy lejos de apaciguarse. Aunque suene terrible, parece que la sociedad siria debe sentirse harta de esta guerra, debe ver con sus propios ojos que ha llegado al borde por detrás del cual le espera una catástrofe nacional inminente. Entonces, y no antes, las negociaciones sobre el proceso pacífico y del nuevo modelo político tendrán sentido, y es posible que haga falta también mediación externa. Hasta ahora las fuerzas exteriores se portan como en la feria de las vanidades, pensando más no en el cese de la guerra sino en que la parte “correcta”, es decir “la suya” no pierda.

Rusia y EEUU, que se ofrecieron con demasiada vanidad para organizar la paz en Siria, se muestran arrogantes como si de sus compromisos (o falta de éstos) dependiera el destino de este país. A raíz de un decenio de gobernación represiva que tal vez lleguen a calificar en su día de época dorada, los sirios luchan no por unirse sino por separarse. El factor externo, por supuesto, tiene cierto peso, pero de hecho todo se resuelve en las frentes sirias, y ni Moscú, ni Washington no son los que puedan llevar a las partes beligerantes a la mesa de negociaciones.

La Unión Europea (UE) mostró otra vez, a la luz del conflicto sirio, que no está nada unida. Resultó incapaz de tomar una postura precisa y pactó con que cada su miembro haga lo que quiera con los suministros de armas a los insurgentes. La Europa unida marcó en los últimos meses una tendencia hacia la consolidación, pero esta consolidación parte de la discrepancia de los intereses. Así, Alemania aplastó, con aplomo, a Chipre, declarando que su modelo económico no tenía derecho a existir (según el ministro federal de Finanzas, Wolfgang Schäuble). Cuando hace cinco años Nicosia se adhirió al euro, este mismo modelo no provocó ninguna objeción. Berlín mostró a todos los retrasados (a Italia, donde uno de cada cuatro ciudadanos votó por un cómico en las elecciones, a la endeudada España, a Grecia que intenta quedar a flote con duras condiciones de curación, y a los demás) que se acabaron los juegos y que empezó la lucha dura por Europa. Es comprensible, tarde o temprano alguien tendrá que asumir la responsabilidad. Es obvio que en unos años la UE será totalmente diferente debido a la estratificación en países con diferentes derechos y posibilidades. No está claro cómo reconciliarlo, ni si es posible hacerlo con la filosofía de solidaridad e igualdad de derechos en la que estriba la idea europea de la segunda mitad del siglo XX.

EEUU está sufriendo su propia crisis debido a que la administración y el Congreso no han llegado a consenso. Obama ganó en las elecciones, pero no es una figura que una, sino al contrario. EEUU está buscando unas nuevas formas para asegurarse el liderazgo y para ello intenta definir sus nuevas prioridades. Que el presidente muestre que no tiene ganas de meterse en cada conflicto, algunos lo interpretan como debilidad, ya que todos están acostumbrados a que Washington siempre desempeñe el papel decisivo. Pero Obama cree que primero cabe arreglar los problemas acumulados ya, antes de meterse en nuevos. En este contexto parece muy activa la postura de la Casa Blanca respecto a la idea de crear una zona de libre comercio transatlántica entre EEUU y la UE. En esencia, se trata de restablecer el Occidente unido en lo político de la época de la guerra fría sobre bases nuevas. Por ahora no está claro si es viable, pero en el caso de que el proyecto tenga éxito, Rusia tendrá que afrontar un dilema muy complicado: cómo portarse con el nuevo monstruo económico.

Simultáneamente a las convulsiones en el Oriente Próximo, las olas de irritación pública abordaron no solo países tradicionalmente problemáticos, sino también los que suelen figurar entre los emergentes. India, Turquía y Brasil, cada una por sus propias razones, quedaron hundidas en protestas imprevistas. Mientras tanto, las elecciones presidenciales en Irán pasaron de manera sorprendentemente tranquila. La autoridad superior del país logró reducir la tensión contribuyendo a que suba al poder una persona moderada y de autoridad. China vivió el cambio de poder más tenso desde los tiempos de Deng Xiaoping. No surgió ningún problema pero hubo muchos temores, por si pasara algo.

En cuanto a Rusia, hay que reconocer que en esta temporada íbamos por un camino bastante recto, evitando los virajes de siempre. Vladimir Putin fue cumpliendo, paso a paso, su programa electoral, expuesto en una serie de artículos a principios del año pasado. Las acciones del Kremlin en la esfera internacional corresponden totalmente a lo escrito, cuando Putin describió el mundo externo como un espacio impredecible e ingobernable, cuyos actores principales actúan de manera irracional, como si estuvieran minando los restos del orden adrede. Y como el límite entre lo externo y lo interno se hace cada vez más fino, la turbulencia afuera amenaza a la estabilidad por dentro, recuperada con tanta dificultad. Por eso hay que defenderse, protegerse de los múltiples impulsos de fuera, incluida la ilegal fuerza blanda, de la que escribió el entonces candidato a la presidencia rusa. Todo lo que emprendió en los últimos meses encaja en esta idea suya.

Al mismo tiempo, la sociedad y el Estado ruso, como siguiendo las tendencias mundiales, no tienden a consolidarse, sino al revés. El evidente conflicto entre el tradicionalismo, cultivado artificialmente (o su imitación), y la minoría progresista, el apoyo del poder sobre la mayoría pero sin la capa activa, así fue el marco de los acontecimientos.

Resumiendo, en la atmósfera mundial predominó la irritación. Porque nada sale como estaba planeado, porque diferentes segmentos de la sociedad no pueden llegar a un consenso, y todos están descontentos con el resultado, aunque por diferentes razones. Los que hace poco reivindicaron el papel de árbitros mundiales, ahora se muestran impotentes. EEUU intenta adaptarse a la situación que no deja de cambiar, ni hablar ya de la estrategia. Europa está hundida en la crisis, y cuando se esfuerza por mostrarse como una potencia mundial, esto parece más una farsa. China permanece pasiva, temiendo que la inestabilidad global la afecte también. Y Rusia está a la espera, optando por mantener su frágil status quo.

*Fiodor Lukiánov es presidente del Consejo de Política Exterior y Defensa. Director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

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