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Kamala Harris: una de cal y otra de arena

El juramento de Kamala Harris como vicepresidenta de Estados Unidos representa todo un hito en la historia de ese país. Ella es la primera mujer, la primera afroamericana y la primera descendiente de asiáticos que ocupa tan alto rango ejecutivo. Pero, ¿quién es esta señora? ¿Y por qué es tan importante conocerla?
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Hasta hace poco su puesto era un cargo casi vacío, diseñado para sustituir al jefe del Estado en caso de que este muriera, quedara incapacitado o fuera destituido. Sin embargo, ese pobre rol se llenó de contenido gracias a Dick Cheney, "número dos" en la Administración de George Bush hijo (2001-2009) y a Joe Biden, en la de Barack Obama (2009-2017). Ambos fueron vicepresidentes, pero tomaron en sus manos importantes responsabilidades políticas dentro del Gobierno norteamericano. Harris bien podría seguir esa estela porque, aunque sus competencias todavía son una incógnita, el nuevo presidente demócrata Biden parece inclinado a repetir con ella el esquema que ya empleó Obama con él.
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Harris tiene 56 años y Biden, 78. No resulta descabellado augurar que él no se presentará a la reelección en 2024, lo que implicaría que ella sería su sucesora natural en la Casa Blanca previo paso por las urnas. De ahí el enorme interés que suscita su persona.

Crecimiento

La llaman "la Barack Obama en versión femenina". Es fruto de un matrimonio interracial —su padre es jamaicano y su madre, india—, vivió en el extranjero de niña —Canadá—, se hizo abogada en una prestigiosa universidad —la de Brown, en Washington DC, una de las mejores estadounidenses para negros— y se fogueó en la Cámara Alta. Harris nació en Oakland y se crió en Berkeley, es decir, en dos ciudades de la bahía de San Francisco, donde vivió la efervescencia de los movimientos afroamericanos y de la apertura cultural de California.
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Hizo carrera como fiscal, primero en el distrito (condado) de Alameda, luego en la ciudad de San Francisco y finalmente como fiscal general de California. El puesto de fiscal en EEUU no es nombrado por las autoridades sino elegido por el pueblo, lo que supone más mérito, si cabe, pues en todas las promociones que peleó Harris ganó a candidatos blancos y contra todo pronóstico.
Casada con un judío blanco, es una mujer vehemente, ambiciosa, disciplinada y trabajadora que le cogió el gusto al poder cuando fue fiscal general y tuvo que enfrentarse, incluso a gritos, a los intereses y presiones de otros grupos políticos y corporativos. Muy buena oradora, abrasiva si es necesario, tras años de juicios y alegatos, saltó al Senado, donde logró un escaño en 2017 por su estado natal.
En enero de 2019 se presentó a las primarias demócratas de los comicios presidenciales, pero el camino se truncó y se retiró antes de que se celebraran los caucus de Iowa. ¿La razón? Aunque era la más telegénica, no destacó entre los demás pretendientes. Durante los debates de las primarias, no se posicionó sobre el tema estrella de la campaña: la sanidad. Es muy prudente, camaleónica, a veces contradictoria. Esa indecisión, impostada o no, provocó que no entusiasmara entonces al electorado demócrata.
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Como bien subraya Dan Newman, portavoz del gobernador demócrata de California, Gavin Newsom: Harris "siempre estuvo cómoda con los activistas de Berkeley, pero también con la vieja guardia de San Francisco [donde destacan la congresista Nancy Pelosi y la senadora Dianne Feinstein, superando ambas los 80 años], los donantes demócratas y los cargos electos. Su carrera ha tenido a su favor la capacidad para conectar con las distintas sensibilidades del partido. Eso también ha hecho que los republicanos no sepan muy bien cómo atacarla. Cuando entró en la candidatura, la campaña de Trump decía al mismo tiempo que era una socialista radical y una vendida".

Una "comunista"

A Harris los sectores más conservadores del Partido Republicano la consideran una bestia negra e incluso una "comunista" porque defiende la equidad antes que la igualdad o por sus propuestas legislativas registradas en el Congreso.
En realidad, no es para tanto. Por ejemplo, en el aspecto fiscal, un tema muy sensible pues afecta al bolsillo de los contribuyentes, Harris quiere que los impuestos sean más progresivos; en eso se parece efectivamente al programa de la senadora por Massachusetts Elizabeth Warren, excandidata presidencial y representante del ala más progresista. Pero ambas difieren mucho en los métodos para conseguir esa meta. Warren busca subir los impuestos y crear uno en concreto que grave el patrimonio para financiar así los servicios públicos; Harris propone, en cambio, una reforma para incrementar la progresividad del sistema, pero especialmente mediante la aprobación de un "crédito fiscal reembolsable" que sería entregado a aquellos ciudadanos con sueldos bajos, lo que implicaría una fuerte bajada impositiva para las clases medias y bajas.
Otra prueba de ese moderantismo de izquierdas es su ideario y su actuación en cuestiones de reforma judicial y orden público, un aspecto muy interesante si tenemos en cuenta su bagaje profesional, es decir, su larga experiencia en los tribunales de justicia.
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En un país con las cárceles a rebosar y con demasiados agentes policiales acusados de exceso de violencia, la vicepresidenta es partidaria de legalizar, a nivel federal, la marihuana y abolir la pena de muerte, pero también apoya los planes para mejorar la formación de la policía, limitando su escandalosa impunidad y su evidente capacidad para emplear la fuerza; favorece, además, los programas de reducción de penas de prisión a cambio de formación laboral o profesional.
Por otro lado, su fama de dura y firme en la aplicación de la ley cuando desempeñaba el cargo de fiscal en California no agrada demasiado a los sectores más izquierdistas dentro de su propio partido.
En resumen, Harris es una de cal y otra de arena, como dice el refranero español. Veremos ahora por dónde sale esta indiscutible figura emergente. 
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