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El hijo de un fallecido en la Tragedia de los Andes rememora a su padre 50 años después

Fue uno de los accidentes que marcó la historia de la aviación latinoamericana. 16 de sus 45 pasajeros sobrevivieron dos meses en la cordillera, en el límite entre Argentina y Chile, con temperaturas bajo cero. Familiares de los 29 fallecidos han sobrellevado la pérdida a pesar del reiterado recuerdo del hecho. Conocemos una de esas historias.
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En la década de 1980 un grupo de niños uruguayos, de ocho años, jugaban al aire libre en una calle de Montevideo. Comenzaron a conversar sobre un accidente de avión ocurrido en la cordillera de los Andes, en Chile. Allí viajaban 45 uruguayos entre tripulación, jugadores de rugby y sus familiares.
Después de 72 días desaparecidos, donde debieron alimentarse de los restos de algunos de los fallecidos, 16 de ellos sobrevivieron y fueron rescatados. Esta era la historia que contaban entre ellos los pequeños, asombrados por lo increíble del relato, digno de una película de ficción.
Alejandro, uno de los niños, escuchaba con atención lo que contaban sus amigos. Pero en su cabeza empezó a dudar, pues él sabía que su padre también había muerto en un accidente de avión.
Lo primero que hizo al llegar a su casa fue contarle a su madre. Ese día, Alejandro supo que su padre había muerto en la tragedia de los Andes.
Carlos Roque era un mecánico de 23 años, estaba casado con Sonia Medina de 22 años, en 1972, año del accidente. Alejandro era el único hijo del matrimonio, tenía un año y medio cuando se vieron por última vez.
Alejandro junto a sus padres cuando cumplió un año.
Carlos, amante de las aeronaves, era sargento de la Fuerza Aérea Uruguaya. A él no le correspondía viajar en el avión 571 aquel día de octubre de 1972. El pedido de un compañero para cambiar el día de trabajo por el cumpleaños de su hijo cambió su destino.
"Había quedado tan grande la herida que no se hablaba del accidente, ni nada de eso. Yo tampoco preguntaba por respeto. Y después me enteré que otras familias pasaron por lo mismo, hasta que después de muchos años empezó a cicatrizar", recuerda Alejandro.
De todas formas, tiene latente la imagen de aquella foto grande del rostro de su padre en la casa de su abuela paterna. Miles de preguntas pasaban por su cabeza, pero debían pasar varios años para poder empezar a hallar las respuestas.
A los 18 años decidió que era el momento de empezar su propia búsqueda y conocer más de su padre. Veía en la televisión las entrevistas con sobrevivientes como Roberto Canessa o Fernando Parrado, pero era muy tímido como para contactarlos. Su temor era que quienes tenían información empezaran a olvidar.
"Con ayuda de un primo dijimos 'bueno, vamos a buscar a Canessa, el que podemos buscar en la guía telefónica’, porque era médico. (...) Lo llamé, le dije que era el hijo de Carlos Roque, y me invitó a la casa”, recordó Alejandro.
Allí obtuvo varios cuentos, no quizás los que esperaba. Esto fue porque su padre, por ser de la tripulación, no tenía una amistad anterior al viaje con el grupo de deportistas.
"En la película [Viven, año 1993, sobre el accidente] estaba mucho más representado mi padre. Me dijeron que estaba desorientado, pero no como se lo muestra ahí", comentó. Este primer encuentro le permitió también luego conocer a otros sobrevivientes.
Carlos y parte de los sobrevivientes fallecieron a los 17 días del accidente, tras una avalancha que tapó parte del fuselaje donde se resguardaban.
"Me contaron que iban rotando quienes dormían cerca de la puerta que había atrás, eso estaba tapado con maletas y otras cosas. Esa noche mi padre justo estaba en el peor lugar, en la entrada; fue de los primeros que quedó totalmente sepultado en la nieve y nunca pudieron llegar a sacarlo", agregó.
Luego de obtener estos datos, la búsqueda de Alejandro continuó. "Fui a la Fuerza Aérea a ver si había alguien que trabajara con él", recordó. Ya se habían retirado todos los que habían sido sus compañeros. Pero se fue al menos habiendo podido contemplar la Base Aérea Número 1.
Un mes después, lo llamó un hombre que había trabajado con su padre y quería conocerlo, se encontraron y entablaron un vínculo. Lo mismo hizo tiempo después con otros excompañeros que le contaron muchas anécdotas, le dijeron que tenía mucho parecido físico con su padre, y aún tiene pendientes más encuentros para seguir recolectando recuerdos.
En 2007, Alejandro repitió su historia. Una de sus hijas tenía un año y él decidió viajar al lugar del accidente para pasar una noche allí junto a un grupo llamado "Re-Viven", que estudiaron todo lo ocurrido en el accidente y siguen el tema en grupos de redes sociales, muchos de ellos familiares de fallecidos.
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"En ese viaje como que me sentí más cerca de mi padre. Lloré una cantidad, pero fue la vez que me sentí más cerca de él. Es difícil de explicar pero fue muy emocionante”, reflexionó Alejandro.
Su esposa Ana y sus dos hijas, Camila y Sabrina, han sido grandes pilares para su vida y lo acompañan en este camino de reconstruir su historia familiar. Lo han acompañado a diferentes lugares en busca de información y sus hijas, han adoptado como propia la historia de su abuelo.
“Ellas me apoyan y también mis hijas forman parte porque no solo es mi padre, ya es el abuelo de ellas que iba en el avión. Entonces esa historia forma parte de ellas también”, dijo Alejandro.
Su esposa Ana y sus dos hijas: Camila y Sabrina, han sido grandes pilares para su vida.
Hoy él siente un poco más de paz, según relata. Cree que pudo encontrar bastantes respuestas y está conforme con lo hallado hasta ahora en su intento por conocer más a su padre.
Pasó por diferentes etapas, se preguntó hasta el cansancio por qué había pasado todo eso y luego, llegó la aceptación.
“Es algo que se habla siempre, siempre lo están refrescando. Antes me dañaba pero el viaje fue un antes y un después. Pude cicatrizar todo y hoy en día puedo decir que puedo hablar del tema tranquilamente, que lo tengo más resuelto en mi cabeza”, reflexionó.
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