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La 'inspiración' en la moda como pretexto para el despojo de expresiones culturales indígenas

© Foto : Pexels / Angelica ReynMujer con textil con diseños indígenas
Mujer con textil con diseños indígenas - Sputnik Mundo, 1920, 05.11.2022
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A pesar de las campañas del Gobierno de México para proteger las expresiones culturales de comunidades indígenas, nuevamente una marca de lujo se apropia de un diseño textil sin autorización, en un acto que para analistas tiene que ver más con el despojo, el extractivismo y el abuso de poder, que con un plagio artístico.
El caso más reciente fue el de la marca Ralph Lauren, acusada de apropiarse los diseños de sarapes de Contla y Saltillo por la presidenta del Consejo Asesor Honorario de la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México, Beatriz Gutiérrez Müller. La firma sostuvo que desconocía por qué estos productos se pusieron a la venta, ya que se había dado la orden de retirarlos.
Pero esta situación está lejos de ser un caso único. La organización Impacto, la cual trabaja con artesanas mexicanas, ha recopilado 39 casos similares, entre 2012 y 2019, en los que están involucradas al menos 23 marcas entre las que se incluyen Mango, Liverpool, Hermès, Zara y Rapsodia.
Entre 2019 y 2022, la prensa mexicana ha denunciado otro par de casos de marcas como Louis Vuitton, Carolina Herrera, Levi's, Anthropologie, Patowl y Ralph Lauren.
Para tratar de justificar el plagio, la mayoría de las marcas aludidas han ofrecido un abanico de argumentos que van desde el desconocimiento de que se usaban diseños ajenos, afirmar que se pidió el retiro de las prendas antes del reclamo, hasta señalar que se trata de inspiración o un 'homenaje' para las comunidades, quienes no tienen acceso a las ganancias que generan estas prendas y, al contrario, se ven afectadas por el encarecimiento de las materias primas una vez que los textiles se ponen en oferta en el mercado global.

Yo no creo que Ralph Lauren decida hacer polerones (sudaderas) con Mickey Mouse sin pagar derechos. No se le pasaría por la cabeza al director creativo de la marca o al director de arte que hace el diseño de patrones textiles para una línea infantil porque sabe que le va a traer una demanda", comenta para Sputnik el diseñador e investigador de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño de la Universidad Diego Portales de Chile, Jaime Ramírez Cotal.

El académico considera que lo que se conoce como apropiación cultural en realidad es "un acto abusivo" en el que, generalmente, "grupos privilegiados de la sociedad utilizan elementos culturales de grupos que históricamente han sido rezagados", de modo que siempre existe "una desigualdad social de por medio".

Una comunidad, lo más probable, es que no tenga un equipo de abogados ni tenga registrada intelectualmente sus expresiones culturales, y no puede, en el fondo, hacer este ejercicio (el litigio de derechos de autor)", opina Ramírez Cotal.

Por su parte, la politóloga e historiadora del arte Ariadna Solís considera que llamar a este fenómeno apropiación cultural se queda corto, pues se tratan de "procesos violentos y de despojo" que se dan en "relaciones inequitativas entre la gente", por lo que los términos más adecuados serían "extractivismo epistémico" o "extractivismo cultural".
En entrevista para Sputnik, la investigadora de la Univerisdad Nacional Autónoma de México (UNAM) considera que, además del no reconocimiento de las comunidades indígenas, esto genera una alteración en los mercados de textiles que termina repercutiendo en las propias comunidades, quienes ven incrementados los precios de la materia prima para fabricar sus textiles, además de la falta de reconocimiento por sus creaciones.

La 'inspiración' como pretexto

Un ejemplo ilustrativo de las afectaciones a los precios de las materias primas y la defensa legal necesaria para que se reconozca el plagio lo protagonizó la diseñadora Isabel Marant, en 2015, cuando la hoy senadora Susana Harp descubrió que la francesa vendía diseños tomados de los vestidos tradicionales de la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec, Oaxaca.
A pesar de haber ofrecido una disculpa tras el reclamo del Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual (INPI), cinco años después la diseñadora volvería a plagiar diseños, pero ahora de artesanos purépechas de Charapna, Angahuan y Santa Clara del Cobre, en Michoacán. En el caso de 2015, Marant aseguró que "tomó la inspiración de los vestidos" para sus propios diseños vendidos en 270 dólares; en el segundo, se pronunció en un sentido idéntico, pues, según la diseñadora, los conocimientos textiles indígenas son "una fuente de inspiración constante" a las cuales quería rendir un "homenaje", como parte de una "mezcla cultural".
Este mismo argumento se observa en otros casos, incluso fuera de América Latina. En 2012, la marca Victoria Secret's fue blanco de críticas luego de que una modelo desfiló con un atuendo "inspirado" en los nativos americanos, lo que no sólo fue catalogado como apropiación sino como una falta de respeto.

Crea un falso discurso sobre la solidaridad, sobre la conciencia que tienen ciertos sujetos sobre los temas respecto a lo indígena. Me refiero a que para ciertas personas el usar una blusa significa que están combatiendo ciertas estructuras de poder sistemáticas como el racismo", opina la politóloga Ariadna Solís.

El plagio también tuvo efectos en la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec, de acuerdo con Nancy Vásquez, integrante del colectivo ääts, conformado por artesanas Ayuujk, las cuales, por al menos tres generaciones, se han dedicado al telar de cintuar y bordado de máquina de telar.

En entrevista para Sputnik, Vásquez asegura que, tras el plagio de Marant, "cambió mucho la dinámica comunitaria" y promovió una organización colectiva en la comunidad para proteger estas expresiones culturales cargadas de simbolismos, prescindiendo, por ejemplo, de trabajar con intermediarios para que la venta de sus diseños sea de forma directa.

Se han retomado estos elementos simbólicos para la comunidad, pues representan mucho, hay una carga simbólica en ellas, y el hecho de tomarlas sin el consentimiento de la comunidad, mueve mucho, mueve este tejido comunitario. De alguna manera han cambiado cosas a raíz del plagio de la camisa de Tlahui", sostiene Nancy Vásquez.

Tras la intervención de la Secretaría de Cultura, Isabel Marant ofreció una disculpa pública en diciembre de 2020 y participó en un foro sobre trabajo ético en la industria de la moda mismo en el que se comprometió a realizar un "trabajo conjunto de artista a artista".
Además de las constantes condenas por parte de las autoridades mexicanas, y tras varios casos de apropiación cultural, incluso cometidos por influencers mexicanas como Yuya, se impulsó la redacción de la Ley Federal de Protección del Patrimonio Cultural de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas, un marco jurídico que protege "el desarrollo del patrimonio cultural y la propiedad intelectual colectiva de los pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas", así como el Catálogo Nacional de Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas, una plataforma que, ante la imposibilidad del Estado mexicano para "identificar con certeza a las comunidades indígenas que existen en el país", permite que cada comunidad se registre como "sujetos de derecho público con personalidad jurídica".
No obstante, desde la perspectiva de las artesanas, ninguna de estas herramientas ha ayudado a disminuir la apropiación.

Yo creo que no ha cambiado mucho, al contrario, creo que es más visible el plagio, y hasta diría yo que es un poco como si fuera una burla. No cambia nada, y las empresas y los diseñadores siguen 'inspirándose'", sentencia Nancy Vásquez.

Los desafíos legales

Organismos como la UNESCO advierten que uno de los principales problemas para evitar la apropiación cultural es que los sistemas normativos de las Leyes de la Propiedad Intelectual e Industrial de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) "y la demanda de diversos pueblos originarios parten de filosofías y cosmovisiones diametralmente opuestas, en la que los conceptos de propiedad y patrimonio no se ven ni se viven de la misma forma".
Sobre este punto, la académica Ariadna Solís considera que el Estado falla al tratar de actuar como intermediario y representante de las comunidades, cuando son ellas mismas las que deben decidir qué hacer con sus expresiones culturales, pues, incluso en las mesas de trabajo como la que se organizó con Marant, ni siquiera están representadas (sólo participaron funcionarios federales de la Secretaría de Cultura y el Instituto de Nacional de Lenguas Indígenas).

Es un discurso que se traduce en campañas de pluralidad para tener ganancias en un momento en el que pareciera que todo lo indígena tiene que ver con colaboraciones justas, cuando seguimos peleando por una autonomía que llevamos siglos disputando", afirma Solís.

En este sentido, Nancy Vásquez coincide en que las soluciones gubernamentales propuestas son insuficientes, ya sea porque muchas veces las comunidades no están bien representadas en las mesas de trabajo o porque incluso no hay un esfuerzo por difundir las herramientas legales para que se puedan proteger.
"Yo he revisado esa ley y hay cosas que no puedo entender porque son términos generales, y yo creo que ahí también está el mayor problema, que no podemos tener acceso a esa ley, no la podemos digerir en nuestro lenguaje común", afirma Vásquez. "Muchas veces se piensa que podemos comercializar, incluso importar, pero hay que pensar qué puede suceder detrás de todo ese trabajo, qué tanto puede afectar a nuestra dinámica comunitaria".
Pese a ello, el académico Jaime Ramírez considera que la cocreación es un modelo que permitiría a las firmas trabajar con diseños textiles de comunidades indígenas. Para ello, se tendría que cambiar la dinámica pues es necesario que las grandes firmas no sólo repliquen los diseños, sino que se dé un intercambio de conocimiento que le permita a las marcas conocer el trasfondo de estas expresiones culturales y hacer a las comunidades parte del proceso activo de diseño y producción; sin embargo, esto implicaría más gastos y tiempo para las firmas de diseño.
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Si bien pocas marcas apuestan por esta modalidad, "este es el futuro", de acuerdo con el investigador chileno, pues la "reputación de las marcas es más sensible" por estar bajo escrutinio público de las redes sociales, lo que hace que "todo explote más rápido" cuando se denuncia un acto de apropiación cultural.
Para la integrante del colectivo ääts, a pesar de las modalidades comerciales que se puedan negociar con cada marca para cada caso específico, la propia forma de operar de las firmas impide que se lleguen a acuerdos justos.
Personalmente creo que no existen esas buenas prácticas. De pronto dicen que van a ganar lo mismo. Yo lo que he visto es que, al final, las empresas siempre tienen que ganar más que las personas que está haciendo el trabajo, y en ese tema de hablar de trabajo justo, trabajo ético, para mí lo justo sería que la persona que está haciendo la prenda tenga condiciones de vida buenas, que no haya esta desigualdad, lo cual es un poco difícil", opina Vásquez.
Asimismo, considera que "debería cambiar la dinámica que existe entre Estado y pueblo" para garantizar la participación activa de las comunidades en la toma de decisiones, pues no se trata únicamente de diseños textiles, sino de una identidad cambiante de una comunidad indígena.
"Como colectivo se debe pensar en una estrategia, pensar en su momento en el contexto, y establecer ciertos criterios de mutuo acuerdo que se puedan respetar, y hay que plantearlo desde el contexto que vivimos como comunidad", concluye Nancy Vásquez.
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